La rendición de cuentas de los delegados


La carta que Esteban Lazo acaba de enviar a los delegados de las Asambleas Municipales del Poder Popular, para preparar el proceso de rendición de cuenta a sus electores, es un ejemplo del laberinto en que se encuentra el régimen castrista. Ya no puede ser más explícito su rechazo rotundo a evolucionar hacia una sociedad libre, democrática y plural. Vaya por delante, sin embargo, que en este cuarto proceso, y último del período XVI de mandato de las Asambleas Municipales del Poder Popular, parece que no todo está tan claro como antes.

¿Por qué, si no, esta carta ahora, y además publicada en Granma?

Lazo aclara con intenciones muy concretas, “que la rendición de cuenta es un principio constitucional con asiento en nuestras raíces revolucionarias, que concibió y defendió Fidel para todos los niveles del Poder Popular”. Recordar este tipo de cosas a estas alturas, después de 58 años de experimentos, se antoja una maldad o un ejemplo de ese temor de la cúpula dirigente a un escenario para ellos nuevos. Más aún, cuando se refiere al proceso como “una herencia de Fidel Castro”, tal vez de las pocas, que el hermano continua poniendo en valor, que se inscribe en los procesos que el régimen dispone desde la cúpula para controlar y dirigir el sentido de la participación, usando para ello las organizaciones de masas de cada circunscripción.

Tan solo alguien como Lazo, que seguramente se cree a pie juntilla la propaganda y la ortodoxia comunista de los Castro, puede considerar que este proceso de rendición de cuentas tiene “un alto significado democrático”. Las reglas de funcionamiento de la democracia libre y plural son otra cosa bien distinta. Y el hecho que este mecanismo solo exista actualmente en Cuba, lo confirma. Los delegados, cuando “informan a sus electores sobre los resultados de su gestión”, no lo hacen ni para conseguir su movilización, ni tampoco para estimular su participación democrática activa o realizar una crítica objetiva de los resultados que se presentan. El delegado cumple con una misión que le traslada Lazo de arriba a abajo, y punto.

El delegado no tiene por qué esforzarse en hacerlo mejor que el rival, porque el régimen no permite esa rivalidad democrática. Sólo tiene que obedecer y “dar cumplimiento al mandato” de representación. Obedecer y punto. Son asambleas callejeras controladas, con un guión escrito de antemano, que por muchos motivos, cuentan con los niveles de participación más bajos y un alto rechazo social. Lazo dice que se debe promover “el análisis colectivo, la búsqueda de soluciones con la participación popular y escuchar los planteamientos, preocupaciones y propuestas” de los electores. El problema es luego cómo llevarlos a la práctica y, sobre todo, cuáles de esos problemas trascienden el ámbito asambleario puntual. Muchos piensan que la pérdida de tiempo de asistir a estas asambleas no compensa lo que se puede conseguir. Y tienen razón.

Por eso, los electores, a pesar del llamado de Lazo, cada vez acuden menos a estas reuniones de vecindario, dispersas por toda la geografía, que no sirven para visualizar que “se está cumpliendo un deber, ejerciendo un derecho e interviniendo directamente en la labor de gobierno”. Nada de eso es cierto, los ciudadanos cubanos se sienten a menos de un año de la salida de Raúl Castro del gobierno, más lejos de sus representantes que nunca. Las reuniones de rendición de cuenta han servido para ello, y mucho. La carta de Lazo no deja de tener su importancia.

Asambleas en las que se mezclan muchos indicadores, tal vez demasiados. Quién mucho abarca, poco aprieta. No se puede combinar en una asamblea de estas, informaciones tan dispares y distintas, como “los subsidios otorgados en la demarcación para el mejoramiento de las condiciones de las viviendas de los ciudadanos más necesitados y de menores ingresos, o la calidad de las producciones y servicios que están obligados a brindar a la población”.

La economía estatal que todo lo controla puede estar abocada a este tipo de explicaciones, pero los ciudadanos se desentienden de estas informaciones. Los delegados están obligados a hablar de todo, desde “el monto de los presupuestos aprobados en el municipio para mantener los servicios esenciales, en medio de las dificultades económicas del país, así como la utilización de la contribución territorial en la solución de planteamientos”, a “cumplir, atender y controlar de manera permanente; y ante una deficiencia, deben darle solución o una respuesta convincente, de manera inmediata y responsable” a cualquier tipo de problema. Tanta verbigracia lleva a muchos cubanos a pensar que estas actuaciones no tienen mucho sentido, perdiendo interés en las mismas.

No estoy de acuerdo con Lazo en que estas reuniones de rendición de cuentas constituyan un “espacio importante para reflexionar acerca de cómo promover los valores expresados en el concepto de Revolución que Fidel nos legó”. La referencia al legado de Fidel Castro es importante en un momento en que se está pasando página. Lazo sabe que la revolución está agotada y en vías de extinción. No sirve para dar respuestas a los retos del siglo XXI, la globalización, la aceleración de las nuevas tecnologías, los movimientos de personas y de capitales a nivel mundial, la pérdida demográfica, el estancamiento agrario, la baja competitividad empresarial.

Estos son los problemas que se tienen que resolver, y cuanto antes, por los delegados. Lazo debería realmente ceder su poder jerárquico y permitir que los vecinos y electores, los ciudadanos cubanos pudieran expresar sus preferencias democráticas en unas elecciones multi partido, plurales y transparentes, con presencia de observadores internacionales que ofrecieran garantías al proceso. Eso se puede hacer en febrero de 2018. Y es lo que están esperando los cubanos. Realmente ya están agotados y cansados de tanto llamado al “heroico pueblo”, y desengañados del binomio imposible de democracia ¡Socialista y Participativa!

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