23 de octubre de 2014

El proceso de unificación monetaria y la transparencia

Elías Amor Bravo, economista

Hay quien no se quiere dar por enterado. En economía, la ausencia de transparencia, la oscuridad no son buenos consejeros. Reducen la credibilidad de quien se comporta de esta guisa, y produce desconfianza.

Esto es lo que se observa en relación con la unificación monetaria en Cuba. Parece que se han olvidado. Nos llegan informaciones que la contabilidad de las empresas continúa estimándose con ese procedimiento aberrante que se llama “moneda total”, y que la gente se está acostumbrando a esperar. En definitiva, el proceso dirigido a la eliminación de la dualidad monetaria en la economía castrista, sin duda uno de los retos más ambiciosos del panorama de reformas raulistas, se mantiene en la más absoluta oscuridad, sin que nadie sepa cuando se va a producir la decisión final, ni de qué modo se va a realizar la integración entre el CUC y el CUP.

Los expertos sostienen que no hay que esperar mucho de esta medida. Más bien puede causar daños que perjuicios. La economía sigue sin estar preparada. Y lo seguirá mientras no se aborden las cuestiones institucionales y de base. Los cubanos se han acostumbrado a convivir con las dos monedas desde 1994, y la agilidad mental de los cambios está demostrada.  El que piense que la economía puede mejorar su funcionamiento con la unificación de las monedas, no va por buen camino. Por el contrario, integrar dos monedas que responden a esquemas de precios y rentas distintos, puede suponer un golpe definitivo sobre la expectativa de que los llamados “Lineamientos” tengan alguna posibilidad de mejorar la economía.  

La gradualidad que se anunció para el proceso ha dado lugar a la desesperanza y lo que es peor, la falta de información. Las empresas, en su totalidad, propiedad del estado, deberían estar preparadas para funcionar con CUP con nuevas normas contables, pero subsisten dudas sobre el alcance de las medidas y su aplicación efectiva por los responsables de las organizaciones.

Un ejemplo de esa falta de transparencia se encuentra en el misterio con que las autoridades se reservan el anunciado “día cero”, que ha provocado no pocas crisis de pánico hasta la fecha. La gente tiene miedo a perder poder adquisitivo, conforme todo se denomine en una moneda que se paga a razón de 1 por 25 la otra. Si los salarios no se incrementan en la misma medida, el poder real de compra de los cubanos caerá en esa medida cuando todos los artículos se denominen en la nueva moneda. Los que tienen CUC deberán cambiar a CUP sus tenencias. En principio, no parece que se vayan a ver especialmente afectados con la igualdad monetaria si el cambio finalmente se establece en 1 a 25.

Pero las autoridades se pueden ver tentadas a optar por una posición menos desfavorable a los cubanos que solo obtienen sus rentas en CUP (la mayoría de la población) y llevar el cambio a un nivel intermedio, de 1 por 12, por ejemplo. Si este fuera el caso, los titulares de CUC habrían perdido un 50% del valor de sus disponibilidades.  El conjunto de la población se enfrentaría a precios también elevados. Experiencias confiscatorias de este tipo se han producido en la economía castrista desde los tiempos lejanos y casi olvidados del Che Guevara. No hay motivo alguno para pensar que no vuelvan a las mismas andadas.

Sin abordar los cambios jurídicos e institucionales que necesita la economía cubana para homologarse al resto del mundo, varios problemas tendrán que afrontar las autoridades con la unificación monetaria.

Primero, abordar la notable diferencia de mercados, productos, bienes y servicios que existen actualmente entre lo que se compra en CUC y lo que se puede adquirir con CUP. La ventaja de calidad y de variedad de elección que se observa en los primeros, nada tiene que ver con los restos del racionamiento castrista de los segundos y los subsidios que se destinan a los mismos. Vamos a ver como resuelven esta situación en la que, por primera vez en décadas, se cuestionará la ausencia de mercado como instrumento de asignación de recursos en la economía.

Segundo, aunque el régimen ha dicho que no espera que se produzcan incrementos de precios de los productos para la población, es difícil que no se instalen procesos inflacionistas latentes en la economía, si no se dan los pasos previos, preceptivos, para la liberalización de los mercados de oferta, que permitan atender una demanda previsiblemente en aumento. La capacidad de compra global se verá afectada si se instala una secuencia de precios al alza, de complejas consecuencias sociales.

Tercero, la autorización experimental de los pagos en CUP en algunas zonas que hasta la fecha estaban restringidas a las divisas y el CUC, no ha dado los resultados previstos, y aunque es cierto que para la población ha supuesto mayores posibilidades de elección, la sorpresa ha sido comprobar que con CUP es muy limitado el conjunto de bienes y servicios que están al alcance. Solo aquellos que reciben remesas del exterior se han podido beneficiar de este proceso.

Cuarto, se ignora cuál es el papel que está desempeñando el Banco central de Cuba en todo el proceso. Una responsabilidad principal para el órgano emisor de moneda, que de este modo, pierde toda su autonomía de funcionamiento y se pone a disposición de las autoridades políticas, como viene sucediendo en otras tantas parcelas del régimen castrista. Al final,  subsiste el temor que esa actuación pasiva del Banco, unida a la ausencia de instrumentos efectivos de política monetaria para ejercer un control de la cantidad de dinero, lleve al régimen a expandir la circulación de dinero, con la emisión de billetes de mayor denominación, como se ha informado recientemente. Por medio de esta medida se estaría evitando el fenómeno llamado “carretilla de dinero” para cualquier pago, como el que funcionó durante la república de Weimar, cuando los alemanes tenían que pagar millones de marcos por una cajetilla de tabaco, por ejemplo.

Al final quedará una sola moneda el CUP. Al parecer ya existe un acuerdo político. Pero entonces, ¿se puede establecer una igualdad del CUP con el dólar o el euro como se viene realizando actualmente con el CUC? Las consecuencias que en determinadas economías de América Latina ha tenido el proceso de equiparación de sus monedas con el dólar, han sido desastrosas. En la década de los años 50 del siglo pasado, los cubanos vivieron una época de esplendor en la que el peso cubano cotizaba en los mercados mundiales por encima del dólar y pasaba a convertirse en moneda refugio. ¿Creen los Castro que la unificar el CUC con el CUP, cuando se les ocurra, van a conseguir esa misma equivalencia? ¿Es que acaso están pensando ya en el día después del embargo...?

13 de octubre de 2014

Mi posición sobre el editorial del NY Times sobre el embargo

Elías Amor Bravo, economista

El editorial del NY Times a favor de que EEUU ponga fin, unilteralmente, al embargo al régimen castrista nos lleva una vez más al origen de esa política y las consecuencias de la misma.

Tal vez convenga recordar que el embargo arranca de las confiscaciones masivas a propiedades y empresas de ciudadanos de Estados Unidos entre 1959 y 1960 por el régimen castrista. El mismo que sigue dirigiendo los intereses de la Isla, y que nunca pagó las correspondientes indemnizaciones, pese a las reclamaciones producidas desde el primer momento. La propiedad privada es inviolable. Y hace muy bien Estados Unidos de mantener activa la defensa de los derechos de sus ciudadanos hasta que no se produzca la debida compensación que, aun cuando llegue tarde para muchos, no se debe aceptar otra opción. No es cierto que el origen del embargo sea el intento de expulsar a Fidel Castro del poder.

Tampoco se puede considerar que sea un fracaso. Como ha llovido mucho desde entonces, el régimen castrista ha transformado ese diferendo entre los dos países en una campaña mediática de suculentos beneficios propagandistas que, sin embargo, Estados Unidos ha resistido de manera ejemplar. Ojalá otros países del mundo se emplearan con la misma energía en la defensa de los derechos de propiedad de sus ciudadanos. Y ahora, aparece el editorial del NY Times cargado de una serie de inexactitudes, al menos en el trasfondo económico de la cuestión.

¿Realmente puede suponer un triunfo para Obama suprimir el embargo? ¿Recompensará la opinión pública al presidente, por ejemplo, en las midterm que están a la vuelta de la esquina, por ese cambio en la política hacia el régimen castrista? ¿Ayuda realmente Obama al pueblo cubano al poner fin al embargo?

El artículo constata que las reformas introducidas por Raúl Castro no obedecen a un compromiso claro del régimen con la mejora de las condiciones de vida de la población cubana, sino a la necesidad interesada de sobrevivir a un colapso financiero en caso de interrupción de la financiación procedente de Venezuela.

Es decir, Raúl Castro hace reformas a desgana, impulsa actuaciones puntuales que, en modo alguno, van en la dirección de proporcionar a la economía cubana un necesario acercamiento al resto del mundo. Permitir a los ciudadanos que se empleen en el sector privado o que vendan propiedades como casas y automóviles, no deja de ser una mano de pintura muy superficial a un edificio que se está cayendo por la base.

Además, estas actuaciones, que no se pueden considerar reformas, se llevan a cabo desde la cúpula del régimen, bajo directo control del estado, ejército y partido, sin negociación o diálogo social alguno, ni mucho menos, incorporando las posiciones distintas que existen sobre la misma, como por ejemplo, las que defienden Estado de Sats o FLAMUR, entre otros grupos disidentes en la Isla. No es cierto, como dice el editorial, que existan “líderes en la isla que han tomado pasos importantes para liberalizar y diversificar una economía que históricamente ha tenido controles rígidos”.

Por lo que respecta a las inversiones extranjeras, los movimientos producidos en la Asamblea Nacional no pasan de ser una maniobra al margen de la constitución de 1992, que puede crear no pocos problemas a los inversores. Mientras que la propiedad siga estando al servicio del estado, y no se reformen las bases del sistema estalinista, arriegar capitales en Cuba es un mal negocio que solo puede dar sufrimiento.

No es cierto que exista ansia entre los inversores internacionales por realizar sus operaciones en Cuba, mientras no se aseguren los problemas de seguridad jurídica, transparencia y atractivo de los sectores en que invertir. Cuestiones que, aparentemente no preocupan a los responsables de la inversión extranjera, cuyo único objetivo es conseguir que las empresas que se instalen en la Isla acaben contratando a los recomendados por el partido único. Buen ejemplo.

Cualquier actuación al margen de la economía no escapa de esta visión sesgada a favor de ganar tiempo. Así, por ejemplo, la flexibilidad de las restricciones de viaje para los cubanos se ha gestionado con el fin último de aumentar los ingresos por remesas que, actualmente, se han convertido en uno de los puntales de una economía que ve como sus registros van siendo cada vez menores.

Tampoco es cierto que en la mente de las autoridades del régimen haya preocupación alguna por un post embargo. Desde hace muchos años, el único embargo que atenaza a los cubanos se encuentra en su modelo económico: ausencia de propiedad privada y de mercado como instrumento de asignación. Si realmente los cambios se gestionan de forma lenta, aceptando los reveses, es porque en vez de liberalizar la economía y mejorar su eficacia, lo que se pretende es mantener todo el proceso bajo control político del aparato militar y de seguridad del estado.

También es falso que la generación de cubanos que defienden el embargo está desapareciendo. Yo me considero miembro de la tercera generación del exilio, y considero un deber moral mantener y defender un punto de vista que entiendo no debe cambiar, mientras el régimen que dirige la Isla desde 1959 no adopte las medidas oportunas para solventar un conflicto que, insisto, fue únicamente creado por su ambicioso plan revolucionario de trastocar las históricas relaciones de amistad y economía entre Cuba y Estados Unidos, entre Cuba y el resto del mundo. Por supuesto que me gustaría que volvieran a existir relaciones diplomáticas, pero nunca a cualquier precio. En ello, honrar la memoria de quiénes nos precedieron es fundamental.

Cuba y Estados Unidos pueden recorrer un gran camino, juntos. En un futuro democrático y libre lo harán. Ya lo demostraron en los primeros 50 años de existencia de la República y los dos obtuvieron grandes ventajas de esa colaboración. No deja de ser curioso que la unificación de las familias cubanas en nuestro tiempo, la tan deseada reconciliación nacional tras la ruptura de lazos provocada por el régimen de los Castro, se esté produciendo realmente en Miami. Allí, cubanos de todas las ideologías se pueden expresar con absoluta libertad y defender sus posiciones. En Cuba, eso sigue siendo imposible.

Incluso en las condiciones actuales, Estados Unidos ha beneficiado directamente a un régimen que no pierde ocasión para denunciar al “imperio satánico que lo esclaviza”, según palabras de algún representante exterior de Cuba. Estados Unidos facilita granos y carne a la Isla para paliar la periódica escasez de la improductiva agricultura de base estalinista que impera en la Isla; ha facilitado el envío de remesas y autorizado a cubanos radicados en Estados Unidos a viajar a la isla. También ha estimulado el desarrollo de la telefonía celular y del internet en la isla.

La última conclusión que se puede obtener es que cambiar la política hacia el régimen castrista no supone beneficios para el pueblo cubano, y sí un espaldarazo al sistema de poder. Es lo que checos, húngaros, polacos y otros países ex comunistas de la Unión Europea no pueden comprender, cuando valoran el clima de entendimiento planteado desde Bruselas con las autoridades de La Habana. La conclusión es evidente: la política europea no ha conseguido mejorar las condiciones de vida de los cubanos. Todo lo contrario. Ha permitido al régimen castrista disponer de una base de legitimación internacional desde la que continúa lanzando mensajes que alientan el enfrentamiento y el odio. Nada positivo.

El ejemplo de que en La Habana tampoco están por facilitar el cambio de política se encuentra en la detención de Alan Gross, que se pretende identificar con la “Red avispa” que fue detenida, juzgada y condenada por tribunales democráticos e independientes del poder político por organizar actividades delictivas contra sus coterráneos residentes en Florida. Si de gestos de buena voluntad se trata, y teniendo en cuenta que la libertad de los cubanos y el respeto a sus derechos humanos es inamovible, existe un espacio para iniciar un deshielo, que ronda lo humanitario. Ni la regulación de flujos migratorios, ni las operaciones marítimas o las iniciativas de seguridad de infraestructura petrolera en el Caribe van a entrara a formar parte de una agenda política que requiere un complejo desarrollo legislativo y que nunca ha sido una prioridad de la Administración. Por último, si realmente el NY Times cree que la mejora de las relaciones de Estados Unidos con otros países de América Latina debe pasar por impulsar un nuevo escenario con el régimen castrista, entonces apaga y vámonos.

10 de octubre de 2014

A vueltas con el "embargo": ron, camarones y colas de langosta a EEUU

Elías Amor Bravo, economista

Ahora resulta que con el asunto del “embargo” ya se puede hacer hasta ciencia ficción. Un artículo de Granma “El costo de una política arbitraria”, se dedica a ello. Cito textualmente, “si la empresa mixta Havana Club Internacional hubiese podido vender nuestros rones en mercados estadounidenses, de marzo del 2013 a igual periodo del 2014, sus cuentas financieras habrían contabilizado ingresos por más de 100 millones de dólares”.

Los que saben de economía y gestión empresarial no suelen creerse el "cuento de la lechera", ese que anuncia que nunca es bueno preparar antes el cántaro que la vaca. Pues bien, nos encontramos ante el mismo tipo de análisis. El régimen en su "diario oficial" dictamina: si no hubiera “embargo”, se vendería ron en Estados Unidos. Así de simple es la cosa.

Vayamos por partes.

Nada, absolutamente nada, asegura las ventas de un producto en un determinado mercado. Por mucho que exista demanda, y me consta que así es, y que el producto sea de calidad, y también así lo considero, el comportamiento de los consumidores nunca sigue una regla de causalidad directa. Muy probablemente, ese ron que quiere vender el régimen castrista en Estados Unidos, si pudiera realmente hacerlo, estaría sometido a la competencia feroz de otros fabricantes. Nada es seguro en el mundo del mercado. Esta es una lección que, cuanto antes se aprenda en el obsoleto sistema estalinista que rige la economía castrista, será mejor. Ganar dinero, competir en la globalización, no se basa en el "cuento de la lechera".

Los viejos tiempos del CAME soviético, cuando los artículos "pajarera" se convertían en el mecanismo de compensación de los desequilibrios comerciales entre países, pasaron a la historia. Nadie tiene una posición asegurada en ningún mercado internacional. Pensar en los ingresos que se dejan de percibir tiene poco sentido práctico. Tal vez habría que concentrarse en otras cosas mucho más rentables a medio plazo, como diseñar una buena estrategia de comercialización para los rones cubanos en el resto de países del mundo con los que Cuba puede comerciar libremente. Pero esa es otra historia, y al parecer no tiene mucho interés.

Por supuesto que Estados Unidos es un gran mercado para los productos cubanos. En eso nadie tiene la menor duda. La geopolítica hizo que las relaciones comerciales entre los dos países alcanzaran durante los primeros 50 años de existencia de la República unos resultados espectaculares. Pero es bueno que el régimen castrista se atenga a las consecuencias de sus actos. Los derechos de propiedad son inviolables. Hace más de 50 años, el mismo régimen que continúa dirigiendo la vida política e institucional en Cuba, decidió confiscar las propiedades de ciudadanos estadounidenses en la Isla. No se produjo nunca la justa compensación que reclamaban, en ejercicio de sus derechos, los antiguos propietarios. Lógicamente, su gobierno decidió defender aquellos intereses pisoteados por la acción demagógica del régimen castrista.

En suma, hizo bien Estados Unidos en mantener su posición desde entonces. Un buen gobierno es aquel que defiende los intereses de sus ciudadanos. Por ello, el régimen castrista no debe seguir pensando que puede vender “ron, colas de langosta y camarones marinos” y otras majaderías en Estados Unidos, mientras no se resuelva el diferendo existente. Eso es muy fácil: se resuelve pagando. Muchas veces me pregunto si es que acaso no tienen los mismos derechos los ciudadanos que fueron expropiados a comienzos de la llamada "revolución", que los que ahora quieren comerciar y negociar con Estados Unidos ¿Por qué unos sí y no otros en la lógica castrista? El tiempo no pasa en balde. Los derechos están para ser protegidos hasta el final.

De nada sirve rasgarse las vestiduras y clamar en el desierto. Tampoco es buena la obsesión con el "cuento de la lechera". Los rones cubanos son de calidad excepcional y ciertamente gozan de posiciones ventajosas en numerosos países, pero de ahí a concluir que el mercado de Estados Unidos va a seguir la misma dinámica, es muy aventurado. Mi consejo, cumplir con las deudas que se arrastran desde hace medio siglo y ganar en credibilidad, es lo primero. Y luego vender y exportar, diseñar planes para crecer en mercados a los que se puede libremente exportar, por ejemplo, a China.¿Por qué no?