7 de diciembre de 2016

En torno a Stiglitz y el posicionamiento de la economía cubana

Elías Amor Bravo, economista
 
“Cuba está preparada para asimilar los cambios acelerados que vive la economía mundial”. Esta frase no pertenece a los discursos de Fidel o Raúl Castro,ni tampoco a Marino Murillo o a cualquiera de los funcionarios que se dedican todos los días a atraer inversores extranjeros a la Isla. Esta frase, pronunciada en estos términos, pertenece al economista y Premio Nobel de Economía de 2001, Joseph Stiglitz, durante una conferencia en la capital, celebrada el pasado martes, organizada por el Ministerio de Comercio Exterior y la Inver­sión Extranjera.

Que el premio nobel de Economía se pronuncie en estos términos ante un auditorio sin duda agradecido, en el que se encontraban, entre otros, según la nota publicada en Granma, “el vicepresidente de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba (ANEC) y héroe de la República de Cuba, Ramón Labañino Salazar, junto a otros reconocidos investigadores cubanos y extranjeros”, no causa sorpresa. No me cabe la menor duda que todos esos “héroes” de la llamada revolución, presentes en el auditorio, también quedaron muy agradecidos, ante tamaño elogio, por otra parte, bastante alejado de la realidad.

Sostiene Stiglitz que como el desarrollo económico mundial radicará en el sector de los servicios que emplea mano de obra capacitada, y dado que Cuba tiene un avance positivo en ello, sus posibilidades de éxito son notables por cuanto se encuentra mejor preparada que otros países para los cambios acelerados en la economía mundial. Grave error.

La capacitación de la mano de obra es fundamental para el desarrollo económico de un país. Eso es cierto, pero las competencias concretas que se tienen deben estar en estrecha relación con el marco jurídico, el entorno administrativo y económico en que se desarrolla la actividad empresarial. Y teniendo en cuenta la formación de los cubanos, adquirida en el régimen comunista, las instituciones que subsisten son una pesada roca para la libertad económica y el progreso. A ellas no hizo referencia Stiglitz, tal vez porque desde hace años pertenece a ese colectivo de defensores del intervencionismo y el control económico. Si no existe una relación entre capacitación laboral y estructuras económicas, la inversión en formación se tira a la basura.

Del dicho al hecho suele haber largo trecho, y en Economía, donde dos y dos son cuatro, y nunca tres o cinco. El análisis de Stiglitz parece más bien un cuento chino dirigido a un auditorio que tal vez esperaba que el premio Nobel, dada su trayectoria, dijese algo de este calado para ganarse los aplausos.

Stiglitz, que puso como ejemplo los cambios drásticos en el mundo, producidos desde su última visita a Cuba, en el año 2002, “sobre todo desde el punto de vista tecnológico”, debería saber que en la isla el acceso de la población a internet está controlado por el régimen castrista, la libertad de instalación de redes en las casas y empresas es prácticamente inexistente y los escasos espacios públicos para la red wifi pública se encuentran atestados por el deseo de los cubanos de comunicarse con el exterior. Con tal grado de atraso, es difícil que la economía castrista puede obtener alguna ventaja de la globalización.

Es lo mismo que cuando se refirió al “descenso acelerado de oportunidades manufactureras”, como consecuencia de los cambios en la economía mundial. La manufactura en Cuba es poco competitiva, jamás ha sido capaz de equilibrar las cuentas externas de la economía a pesar de los bajos niveles salariales, su contenido tecnológico es muy deficiente al igual que su calidad. En suma, la economía castrista rara vez ha sido manufacturera, y lo poco que subsiste se verá afectado, por mucho que Stiglitz no lo crea, por lo que él llama la “robótica de punta”, como ya se observó en el sector hotelero cuando los gestores españoles en pleno período especial ajustaron las hinchadas plantillas que tenían los establecimientos turísticos.

La economía castrista no genera empleo, sino subempleo. Concentra en las empresas estatales, monopolistas controlados por sectores del ejército y la seguridad del estado, la producción y una mano de obra abundante que impide obtener ganancias sostenibles de productividad y que acumulan una continua ineficiencia, exigiendo subsidios del estado para poder compensar pérdidas. La burocracia y la incompetencia dominan la gestión del sector empresarial, en el que no ha podido entrar la iniciativa privada. 

La economía castrista es incapaz de potenciar los sectores de servicios que amplíen el aprendizaje y las competencias de los trabajadores. Lo que hace es exportar servicios profesionales a países del eje bolivariano, movimientos de población que no se manifiestan en ningún otro país del mundo, donde los profesionales académicos son libres de elegir en qué país quieren prestar sus servicios. Cuba, el régimen que la dirige, en contra del análisis de Stiglitz, ni se encuentra preparada para el desafío mundial ni tampoco ha sido capaz de identificar sus principales potencialidades.

Sorprende que Stiglitz haga referencia a dos aspectos que según él “Cuba podría aprovechar y le harían destacarse a nivel mundial: la agricultura y la energía solar”. 

La agricultura cubana, su especialización competitiva a nivel mundial, fue destruida por Fidel Castro hacia 2002, que se encargó de cerrar instalaciones de producción de azúcar, reduciendo la cosecha cañera de la que había sido primera potencia mundial a niveles inferiores a los de la etapa colonial. Los principales productos obtenidos por los campesinos independientes se destinan al consumo interno, apenas generan excedentes y se encuentran sometidos a la presión de los intermediarios estatales. Desde hace décadas la agricultura cubana, donde el estado sigue siendo el principal dueño de las tierras cultivables, es un desastre, obligando a realizar importaciones de alimentos por la escasa oferta interna. Ya nos dirá Stiglitz qué se puede hacer para ordenar este sector.

Y con relación a la energía solar, es cierto como dice él, que “Cuba, por su posición geográfica, posee una riquísima dotación de sol”, pero eso no es suficiente y para poner en marcha instalaciones de energía solar hace falta inversiones, recursos económicos que la precariedad del régimen castrista impide obtener por su obsesiva concentración en gasto improductivo. 

Las inversiones extranjeras difícilmente van a invertir en instalaciones solares cuando la energía en Cuba está subvencionada y sus precios son de los más bajos del mundo. Stilgliz tampoco debió informarse de esta cuestión. Me hace gracia que compare el caso de Estados Unidos, donde según él dice, “las industrias del carbón y petróleo impiden que se potencie esta forma valiosa de energía. Este no es el caso de Cuba”, claro que no. El caso de Cuba es la dependencia de un petróleo subvencionado procedente de Venezuela y que se intercambia por mano de obra profesional. Cuando ese comercio irracional toque a su fin, ya veremos de quién depende la energía en la economía castrista.

1 de diciembre de 2016

Cuba y España: una comparación de los primeros pasos hacia la transición

Elías Amor Bravo, economista



Cuando Franco falleció en noviembre de 1975 tres grandes tendencias políticas aparecían como posibles alternativas al escenario de transición a la democracia que empezaba a dibujarse en aquel momento.

En primer lugar, el sector inmovilista, formado por miembros del Movimiento nacional y del búnker ideado por la dictadura franquista para tratar de mantener y conservar un “franquismo sin Franco”. En este grupo se encontraban igualmente los principales núcleos de poder del régimen, integrados por los Falangistas, así como por la poderosa cúpula del Ejército y en buena medida, el sindicalismo vertical. 

Este sector en el régimen castrista viene representado por el grupo de altos dirigentes que velaron las cenizas en el Ministerio de las fuerzas armadas, con una edad media que ronda los 84 años y un ciclo vital que toca a su fin, salvo el caso excepcional de Díaz Canel.

En segundo lugar, el sector reformista, en el que se habían ido situando los aperturistas del
franquismo, políticos con trayectoria en el régimen, como Fraga, Areilza o Suárez. En este grupo se encontraban también los opositores moderados al Régimen, que proponían una transición a la democracia, más o menos suave.  

Cabe suponer, en tales condiciones, que Díaz Canel pueda representar ese sector reformista del régimen castrista, que ha ido eliminando a cualquier dirigente que se mostrase favorable a un proceso de apertura. Ciertamente es difícil. Los reformistas en el régimen castrista no existen o al menos, públicamente, no se muestran.

Finalmente, el sector rupturista, se encontraba integrado por los opositores radicales que no querían hablar de un mantenimiento de las estructuras políticas del régimen, y en el que se integraban la izquierda clásica española, la mayor parte localizada en el exilio histórico, y la nueva izquierda desarrollada por los grupos opositores internos, destacando partidos como el PSOE, el PCE, y sindicatos como CCOO o UGT.  

La ruptura en Cuba, como en España, viene protagonizada por todos los grupos políticos opositores y disidentes que sufren las penalidades diarias de la represión y el encarcelamiento, sin poder expresar libremente sus posiciones. Todos los grupos que existen en la isla cuentan con el reconocimiento de las organizaciones internacionales de su mismo espectro ideológico y participan de los congresos y reuniones en las que son invitados, gozando de un alto respeto y reconocimiento. Posiblemente mayor que el que tenían los pequeños partidos y organizaciones españoles a la muerte de Franco.

La transición a la democracia se inició con la proclamación de don Juan Carlos como Rey. En aquella sesión histórica, juró ante las Cortes franquistas, los llamados Principios Fundamentales del Movimiento Nacional, el 22 de noviembre apenas dos días después de la muerte de Franco. Era lo que estaba previsto desde que en 1969 el viejo dictador lo había nombrado su sucesor en la Jefatura del estado, bajo aquella convicción falsa de que “todo estaba atado y bien atado”. 

En Cuba, la proclamación de Raúl Castro como sucesor de su hermano ya se produjo hace varios años, y desde entonces, el régimen no ha cambiado, salvo en algunas propuestas de imagen como los llamados “Lineamientos” que buscan una cierta apertura económica para ganar tiempo. Raúl Castro ha mantenido inalterada la política de su hermano, y de hecho, lo ha reafirmado públicamente en numerosas ocasiones. No es falta de voluntad política.

La realidad es que el joven Rey Juan Carlos siguió a partir de noviembre de 1975 un camino muy distinto al imaginado por el dictador y sus fieles. Los gestos se convirtieron en hechos. Raúl Castro, por el contrario, no ha seguido, al menos hasta la fecha, camino alternativo al imaginado por su hermano.

Haciendo de nuevo un poco de historia, en su discurso de coronación, don Juan Carlos expresó abiertamente sus intenciones reformistas, al señalar que su deseo era “una sociedad libre y moderna, con la participación de todos en los foros de decisión y conseguir que cada día esa eficaz participación sea una empresa comunitaria y una tarea de gobierno”. Este mensaje se concretó en el nombramiento de Torcuato Fernández de Miranda al frente de las Cortes franquistas y del Consejo del Reino que desempeñó un papel fundamental en todo el proceso de transición. Al mismo tiempo, y para dar tranquilidad a los sectores reaccionarios, opuestos a cualquier cambio del régimen, mantuvo a Arias Navarro como presidente de gobierno, en un intento de recuperar el llamado “espíritu del 12 de febrero”.  

Raúl Castro no ha hablado nunca de reformas, ni de libertades, ni de una sociedad moderna y plural, en la que se garantice la participación democrática y el respeto a los derechos humanos. Su discurso mantiene el tono agresivo y beligerante de su hermano, y salvo la retórica del descongelamiento con Obama, pocos cambios se han producido en las estructuras del viejo régimen castrista. En Cuba no hay nombramientos significativos en la dirección política del país, que puedan presagiar cambios. Todo permanece con el mismo signo reaccionario de los viejos tiempos. Nada ha cambiado.

Para aquellos que lo deseen saber, el “espíritu del 12 de febrero” se corresponde con el anuncio realizado por el entonces presidente Arias Navarro, con Franco todavía vivo, de un tímido proceso de apertura política del régimen, consistente en la promesa de algunas innovaciones como la elección de alcaldes, importantes reformas en el ámbito de la actuación sindical y lo más relevante, una ley de “asociaciones políticas” que en cierto modo venía a dar respuesta a los partidos que deseaban aumentar el pluralismo democrático en el país. 

Los analistas y observadores opinan que en los próximos meses no cabe esperar cambios en Cuba que no vayan en la dirección de más represión, más fidelismo, más culto al líder y más régimen. Opciones que se reserva Raúl Castro para ganar tiempo hasta 2018 cuando tiene previsto abandonar el poder y preparar las condiciones de la sucesión.

Las medidas contenidas en el llamado “espíritu de frebrero” en vida del dictador Franco, entraron enseguida en un proceso muy lento que defraudó a amplios sectores sociales, y la oposición, ya entonces organizada, salió a las calles en protestas y huelgas. La respuesta del régimen franquista fue la única que sabía hacer: represión, detenciones masivas, cierre de revistas y de prensa, leyes antiterroristas y ejecuciones sumarias. Con ello, los sectores inmovilistas del régimen trasladaban un mensaje muy claro a la sociedad: no iban a admitir la menor reforma o cambio de estructuras, y actuaron con gran dureza contra los sospechosos de izquierdismo. 

En Cuba, no cabe esperar movilizaciones sociales contra del régimen por el temor a la represión y los mecanismos de delación y control que existen en la vieja dictadura comunista. Difícil será que estos mecanismos, arraigados en las estructuras sociales como los CDRs o las organizaciones de masas, desaparezcan rápidamente, cuando no existe voluntad política de hacerlo, ni tampoco protestas sociales violentas. Tan sólo un aumento de la pobreza estructural, provocada por aumentos de precios sin alzas salariales, puede provocar un estallido en el régimen castrista.

No obstante, aquel primer gobierno del rey Juan Carlos, con Arias Navarro de presidente, contaba entre sus miembros a significados aperturistas como Fraga, Areilza, Suárez o Martín Villa. La transición, con grandes dificultades, se abría camino.  

Raúl Castro continúa al frente de un gobierno en el que nadie tiene poder alguno para introducir cambios, solo él, y en el que no resulta fácil identificar aperturistas o personalidades capaces de liderar una transición a la democracia.

A resultas de lo expuesto, querer observar, en estos primeros momentos en que desfila la urna con las cenizas del tirano Fidel Castro por la isla, algún parecido con los acontecimientos descritos en España, justo en fechas próximas a la muerte de Franco, no tiene mucho interés salvo para constatar la existencia de notables diferencias. Seguiremos relatando los hechos.


Nota del autor: 

Este blog se dedica principalmente al análisis de las tendencias de la economía castrista y evaluar sus resultados, pero los acontecimientos recientes nos llevan a incluir estos posts en los que tratamos de aportar una visión de cómo la transición española a la democracia puede servir de referencia a la cubana que todos deseamos.

29 de noviembre de 2016

El día después: transición a la democracia

Elías Amor Bravo, economista

Las exequias de Fidel Castro se han convertido en un espectáculo televisado en directo, a nivel mundial, que permite contemplar la riada de personas dolientes de todas las edades que “acuden a dar su adiós” a quién ha dirigido Cuba en los últimos 57 años. Un adiós silencioso ante un retrato del dirigente revolucionario como única referencia del fallecido que, horas antes, ya había sido incinerado como paso previo a su viaje final hacia Santa Ifigenia.

Varios aspectos conviene destacar de este momento histórico y que quiero compartir con los lectores.

En primer lugar, el altar del dictador que se ha instalado en la plaza de la revolución no contiene referencias o alegorías del marxismo y el comunismo que han inspirado a su régimen político. La ideología comunista ha desaparecido por arte de magia, siendo reemplazada por un travestismo político en el que sólo aparecen flores blancas y retratos de Maceo, Martí y Gómez. Tan solo una hermosa bandera cubana se mantiene en un lugar discreto de la estancia por la que concurren los miles de personas que irán a despedirse, o sabe usted a qué, del desaparecido dictador.

Ya han quedado fuera del escenario la hoz y el martillo, la bandera roja maoísta, las consignas estalinistas o la imagen imperturbable y roída de los viejos revolucionarios del siglo pasado, como Lenin, Marx, Stalin o Mao. Cuesta creer que un dirigente político que arrastró a su nación hacia el comunismo en sus últimas horas quede despojado de sus principales valores. Habrá que preguntarse el por qué. Hasta los chinos, preocupados por el nuevo escenario de imagen política castrista, se han apresurado a pedir al sucesor, a Raúl Castro que continúe la revolución de su hermano, anclada en los postulados marxistas. Tiempo habrá para comprobar cómo evolucionan los acontecimientos, pero tengo la impresión que la suerte ya está echada.

En segundo lugar, la nómina de los dirigentes internacionales que se han acreditado en La Habana para decir adiós al tirano comunista es de poca calidad y cantidad. Posiblemente, los defensores del régimen castrista no sean tantos como se presume. Muchos han debido abandonar este mundo desde hace muchos años. Los más, posiblemente desilusionados por el rumbo de la dictadura desde hace décadas, han puesto un muro de indiferencia. Por mucho que Cuba interese al mundo, hay mucho más interés detrás de las posibilidades económicas que se abren al futuro, que en el recuerdo ideológico de alguien que lo único que hizo fue destruir la nación sin dar una oportunidad a sus rivales. Esa baja participación internacional en las exequias, pone de manifiesto que el embargo o el bloqueo, es un cuento que no lleva a ninguna parte y que Cuba, en las condiciones actuales, no es esa pobre nación sometida a la presión de su vecino del norte, sino otra cosa distinta. Castro, realmente, tuvo poco que ver en ello. Sin Castro en vida, hablar del bloqueo o del embargo es perder el tiempo.

En tercer lugar, si hay un protagonista del momento es el exilio. La diáspora, que ha dado rienda suelta a sentimientos y emociones mantenidas a raya durante décadas. Además, el exilio confirma, una vez más, que desea participar activamente en la construcción del día después de su nación, lanzando una piedra sobre el vetusto tejado en que se mueve Raúl Castro, al que van a obligar a tender puentes de entendimiento y de unión de las familias destrozadas por culpa de las políticas de Fidel Castro. En esa reunión de la familia cubana se encuentran las principales potencialidades de la nación, combinando las ganas de salir adelante de los que viven en Cuba, con el conocimiento, el capital, la tecnología y las relaciones de los de fuera. La combinación de ambos elementos debe producir un resultado espectacular, si se sabe gestionar bien.

En cuarto, Trump ha marcado muy pronto la agenda con respecto a Cuba, desmontando de un plumazo la política vacilante de Obama y el descongelamiento. Sin concesiones por el régimen, nada de qué hablar. El castrismo tiene que mover ficha. Es la antigua Posición Común de la Unión Europea que la señora Mogherini se dio prisa, en mi opinión excesiva, en dar carpetazo. Las democracias deberían consensuar una posición activa respecto a la dictadura castrista. No es la democracia la que debe facilitar la supervivencia de un régimen represor, es éste el que debe desaparecer y producir un sistema plural y de libertades. La apuesta por un futuro de democracia y libertad en Cuba, donde la revolución deje de ser el todo, y se convierta en una opción más, probablemente marginal, para los que viven en el país, sin desprecio de las restantes, está más cerca que nunca, y por ello, hay que hacer un último esfuerzo para llegar a la meta de la libertad.

Cuando Franco murió en 1975, eran muy pocos los españoles que pensaban en una democracia liberal como la que se construyó en muy poco tiempo. Los cubanos pueden estar pensando lo mismo, que el castrismo es lo mejor que puede ocurrir y que no existe alternativa. Aquel pensamiento desapareció muy pronto cuando las autoridades que quisieron recoger el testigo del viejo dictador no pudieron dar respuesta a las necesidades sociales de cambio. Sueño con algo parecido para Cuba, aunque se que no será fácil. Pero al menos, vale la pena intentarlo.