20 de septiembre de 2016

Irán y Cuba: las piezas del rompecabezas no encajan

Elías Amor Bravo, economista

Que Fidel Castro abandone temporalmente su retiro “dorado” para recibir y atender al presidente iraní, Hassan Rohani durante su visita este lunes a La Habana, y que además, Granma publique una fotografía del encuentro entre los dos dirigentes políticos, es un asunto que no ha debido pasar desapercibido para los medios internacionales, por su notable importancia.

En primer lugar, tiene una lectura diplomática y política. Fidel Castro, alejado del poder, recibió y atendió con todos los honores al representante de un país caracterizado por desacuerdos con Washington. En ese sentido, esta misma dedicación no la tuvo a la delegación japonesa que llegó a La Habana a renegociar deudas. De ese modo, con todo propósito, Fidel Castro lanza un mensaje contundente a su hermano, que ha sido, hasta la fecha, el artífice de los cambios en las relaciones con Estados Unidos, casi siempre una de cal y otra de arena.

Fidel Castro sabe que Irán y Cuba han mantenido, históricamente, posiciones coincidentes en las organizaciones internacionales y la condena de Teherán al embargo de Estados Unidos contra Cuba, ha tenido en el régimen castrista la compensación favorable a que Irán pueda desarrollar su programa nuclear. Los dos países se han mostrado, públicamente, dispuestos a defender “la paz y la no injerencia en los asuntos internos de los otros países, su soberanía nacional, la consulta y la coordinación sobre los problemas del mundo en desarrollo y del mundo entero son importantes”, pero la realidad ha sido ciertamente muy diferente. Los dos han practicado un juego peligroso más propio de los tiempos de la guerra fría que de época actual de cambio y apertura.

Un juego en el que Fidel Castro siempre se ha movido con gran soltura y al que no quiere renunciar, pese a lo avanzado de su edad. De hecho, la mayor parte de sus “reflexiones” publicadas en la prensa del régimen castrista, han ido dirigidas a anticipar una especie de holocausto que no acaba de producirse. Tal vez porque el mundo real es bien distinto del que él ha construido en su mente durante tantos años. Por ello, en un momento como el actual, no renuncia a perder terreno, y sin pensárselo dos veces, deja a su hermano un conflicto con el vecino del norte, que no tendría por qué producirse.

No me cabe la menor duda que Fidel Castro ha disfrutado con las declaraciones de Rohani, nada más aterrizar en La Habana, cuando dijo que llegaba a un "país amigo y revolucionario" como Irán. Esa comparación entre los dos países, posiblemente del agrado de Fidel, cause no pocos trastornos a Raúl, pero así es como están las cosas en este último tramo de la dictadura castrista. Los analistas y observadores cada día disfrutan más con este tipo de broncas y lances en clave de consumo interno, entre los dos hermanos.

En segundo lugar, esta visita, yendo más allá de los aspectos de imagen y propaganda, tiene un trasfondo de especial interés, porque va aparejada a la firma de una serie de acuerdos de cooperación, sobre todo en materia energética, que permitiría a corto plazo al régimen castrista capear la falta de petróleo de Venezuela. Si ello fuera así, no cabe duda que la colaboración entre los dos países podría suponer un balance favorable para La Habana, pero la realidad es que Irán está muy lejos.

Las bases parece que están claras, y siguen el mismo modelo practicado en Venezuela, de donde procedía el mandatario iraní, tras girar visita a ese país. En La Habana, se ha firmado un memorando de entendimiento para la cooperación en el campo de la salud, investigación, educación, medicamento y tecnología médica entre el Ministerio de Salud y Educación Médica de la República Islámica de Irán y el Ministerio de Salud Pública de la República de Cuba. Ni más ni menos que otra vez, lo mismo, petróleo a cambio de médicos. Solo que ahora habrá que enviarlos a Irán.

La verdad es que algunos médicos cubanos pueden estar preocupados por ello. Irán está realmente lejos y su cultura, en general, tiene poco que ver con la forma de ser de los cubanos. Sin embargo, deben esperar. Ya en 2012 visitó la Isla, otro mandatario iraní, Mahmud Ahmadinejad, durante una gira por Latinoamérica. Los resultados de aquella visita, también anunciados a bombo y platillo en forma de convenios y acuerdos de muy distinta naturaleza, siguen sin llegar. ¿Por qué ahora habría de ser diferente?

19 de septiembre de 2016

Algunas frases del discurso de Raúl Castro ante los "no alineados"


Dijo Raúl Castro

La no alineación significa también la lucha por eliminar las brechas del conocimiento y por el uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones en pro del desarrollo y la cooperación. Rechazamos su creciente militarización y uso agresivo contra terceros países”.

Según la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba, con datos de 2014, el sector de la Administración pública, defensa y seguridad nacional en las cuentas nacionales de la economía castrista alcanzó un 4% del PIB, por un importe total de 3.169 millones de pesos cubanos. Además, entre 2009 y 2014, este sector experimentó un crecimiento en su actividad del 46% prácticamente duplicando sus cifras, mientras que el conjunto de la economía creció solo un 33%, alrededor de 12 puntos porcentuales menos.

Alternativamente, si se utilizan los datos del presupuesto estatal, la Defensa alcanza un importe de 2.852 millones de pesos cubanos, el 6% del presupuesto total, y además, en términos comparativos, entre 2009 y 2014 el presupuesto de defensa de Cuba, a pesar de que se cuenta con menos recursos, creció un 35,8% pasando de 2.099 millones de pesos cubanos a 2.852 millones de pesos. Ninguna otra partida experimentó un crecimiento similar en su importe. El conjunto de los presupuestos pasaron de 46.908 millones de pesos cubanos a los 49.033 millones de pesos de 2014, con un crecimiento inferior del 4,5% en esos mismos años.

Parece evidente que si existe algún sector que crece realmente en la economía dirigida por Raúl Castro es el la defensa, el ejército, la seguridad del estado, la administración burocrática, en suma, la militarización de la economía su control y vigilancia represiva. Los datos oficiales están ahí y pueden ser consultados. De ese modo, una cosa es lo que se dice ante los “no alineados” y otra bien distinta es lo que se practica.

14 de septiembre de 2016

La cultura y el mercado: un binomio para la libertad

Elías Amor Bravo, economista
 
Un artículo en Granma de Pedro de la Hoz, publicado ayer, contiene algunas referencias al mercado como institución fundamental para la asignación de recursos en una economía, con las que no se puede estar de acuerdo. El objeto de estas líneas, sin ánimo de entrar en polémica alguna, es ofrecer unos argumentos alternativos a los que ofrece el autor del referido artículo.

El título del mismo no puede ser más expresivo: “el mercado no puede distorsionar la política cultural en la promoción de la música”.

Lo primero que conviene tener en cuenta es que el mercado no tiene entre sus objetivos distorsionar ningún tipo de política. De hecho, lo que suele ocurrir es justo lo contrario, y experiencias hay más que suficientes para mostrar que la acción política intervencionista, mal diseñada y peor ejecutada suele distorsionar los resultados eficientes que se producen de la asignación de recursos por el mercado.

Esa prioridad que se otorga a la “acción política” constituye un error importante que se ve agravado por el hecho que se insiste en que “conseguir que la promoción respalde la difusión y el disfrute de los valores más auténticos de la música cubana y cerrar filas contra la me­diocridad deberá traducirse de inmediato en acciones puntuales y concretas, a las que se les dará seguimiento con responsabilidades compartidas”. Intervencionismo, control, dirigismo por parte de un órgano político que se atribuye una superioridad moral en un asunto como la cultura, en este caso, sin ir más lejos, la UNEAC, a la que se otorga el carácter de “vanguardia artística”.

Por suerte para sus intérpretes, la música cubana a nivel internacional ha sido un buen ejemplo de que no se necesitan organismos centrales ni planificación estatal alguna para ocupar posiciones de liderazgo en las preferencias de los consumidores. Varias generaciones han disfrutado de los grandes intérpretes de la música cubana, en sus distintas modalidades. 

Cuba es una gran potencia mundial en la producción de música y de talento interpretativo. Autores, compositores, grupos de artistas, todo un universo de profesionales que han podido vivir de su trabajo, ganar dinero y desarrollar una obra de calidad y de gran aceptación por el público a nivel internacional. Y para ello, no se ha necesitado UNEAC de ningún tipo. Más bien todo lo contrario. Han sido muchos los que por la acción de la UNEAC no han podido regresar a su tierra, siendo marginados y proscritos, por el mero hecho de tener una opinión distinta a la oficial, ¿es eso política cultural?

Si se llegasen a producir “de inmediato” esas “acciones puntuales y concretas, a las que se les dará seguimiento con responsabilidades compartidas” que se plantean en el artículo, es muy probable que ocurra todo lo contrario. Más de lo mismo.

Inmerso en esa lucha contra “amenazas actuales en el campo de la cultura por doquier”, Raúl Castro, en un mensaje con motivo del aniversario 55 de la UNEAC, no tuvo reparos en denunciar abiertamente "los proyectos subversivos que pretenden dividirnos"; así como también, "la oleada colonizadora global", al tiempo que otorgaba a la UNEAC la con­fianza en que esta organización "continuará encarando con valentía, compromiso revolucionario e in­teligencia, estos complejos de­safíos”.

Esa preocupación, y cito textualmente el artículo de Granma, por ”la necesidad de velar por la calidad de las propuestas musicales a las que accede la población por diversas vías, desde los conciertos y presentaciones en centros recreativos y es­pacios públicos hasta los programas de la radio y la televisión” nos lleva a los peores momentos de la censura practicada en las dictaduras de Hitler, Franco y Mussolini, y por qué no también, en la castrista, que sin ningún tipo de rechazo, emplea un argumentario más propio de la Inquisición del siglo XVII que de los tiempos modernos instalados en la sociedad del conocimiento y la globalización.

Pero es que este argumentario intervencionista no nos extraña porque es el mismo que ha tenido el régimen desde 1959, cuando desapareció de Cuba la libre expresión, junto a la libre elección de los consumidores, que está en el origen del mercado como institución de asignación de recursos. El mercado no veta a nadie. Solo a quiénes no son del gusto del público. Sin mercado, no es posible elegir con libertad lo que se quiere escuchar, lo que se quiere leer o lo que se quiere expresar. Te debes conformar con la receta, muchas veces de pésima calidad y dirigista, proporcionada por el gobierno, de acuerdo con sus ideas de falsa superioridad moral, de aquello que es bueno o es malo.

Estas reflexiones, de carácter general, no se dirigen al problema que afecta a los responsables del régimen en este momento en relación con la política cultural y que, como se señala en el artículo de Granma, tiene que ver con “la transformación de los centros pro­vinciales de la música en entidades del sistema empresarial” que al parecer ha tropezado con obstáculos que impiden su funcionamiento efectivo. Según se menciona en el artículo, “no todos los centros poseían las condiciones ob­jetivas —capital inicial disponible, recursos materiales mínimos, valoración del potencial de las unidades artísticas en función del mer­cado—, ni subjetivas —cuadros idóneos, personal calificado, preparación de los consejos artísticos, experiencia empresarial— pa­ra dar ese paso”. Y ello es un problema por cuanto, “se han originado desbalances en la programación, así como atrasos y afectaciones en la retribución de los artistas”.

Un problema más de los muchos que se derivan de una economía de base estatal, controlada por el gobierno, que trata de ir despojándose de forma errónea, de esas estructuras que han mostrado ser inadecuadas para conseguir sus objetivos. En tales condiciones, cabría señalar a las autoridades que la solución es privatizar al 100% estas entidades. Incluso podría ser una magnífica opción para atraer capital extranjero, de cubanos residentes en el exterior con conocimientos del mercado y la cultura a nivel internacional. No tiene sentido que la actividad musical o cultural se tenga que producir por el sector presupuestado, y en todo caso, algún equilbrio entre lo público y privado se podría aceptar. No se quiere la definición y adopción de “normas imprescindibles” sino fomentar el desarrollo de las libertades y del mercado.

Y desde luego, un ruego, convendría, por los tiempos que corren y la propia contundencia de los hechos, ir despojándose de esa coincidencia plena a la que se refiere el artículo que de que “la política cultural es una sola”. En Cuba, donde existe una gran variedad cultural que es uno de los principales activos de la nación, todos caben. El mercado ha mostrado su extraordinaria capacidad para trasladar esa cultura a todo el mundo y situarla en unos niveles de primer orden. Los comunistas que dirigen el país deberían entender esta premisa.