26 de marzo de 2015

¿Contradicciones irreconciliables o perversión del modelo económico?

Elías Amor Bravo, economista

Los ejemplos sobre el pésimo funcionamiento de la economía castrista son innumerables. Ahora Granma se hace eco de estas deficiencias. El último ejemplo ha sido el análisis de los problemas entre los ganaderos y la empresa provincial de productos lácteos de Camagüey, una zona de gran tradición lechera en Cuba. A modo de resumen, para no hacer muy extenso el análisis del problema, los ganaderos se quejan de los bajos precios de la leche que perciben  del organismo provincial. Según se dice en el artículo de Miguel Febles Hernández, “¿Contradicciones irreconciliables”?, la empresa paga la leche de distinta calidad a los mismos precios, y ello genera insatisfacción y frustración entre los productores, sobre todo los más comprometidos con su trabajo.

Al parecer, y en opinión de los productores consultados, todo viene provocado por “las trabas, malentendidos y enrevesados mecanismos, dispuestos aún en resoluciones, directivas y reglamentos, que empañan el proceso de compra-venta de la leche, escenario en el que se mantienen serias discrepancias con la Empresa Provincial de Productos Lácteos, que generan disgusto y desmotivación entre los productores”.

La solución, según ellos, es fácil: “todos esos documentos deben revisarse, ponerse a tono con los nuevos tiempos y socializarlos en las bases productivas antes de aprobarse, para que exista total transparencia y al final las decisiones que se adopten estimulen la producción, no la frenen, como está ocurriendo en la actualidad”.

No. Esa no es la solución. Si me permiten la sugerencia, olvídense de eso. Se que son muchos años enrredados en esa madeja de ineficiencia creada por la llamada “revolución”, pero aquellos que aún recuerdan cómo era Cuba antes de 1959, saben que la nación producía leche más que suficiente, llegaba a diario fresca y en condiciones de calidad a los mercados de consumo, y nadie pasaba por este tipo de trances y sufrimientos, como los que se detallan en el artículo de Granma.

No me extraña que los productores digan que “al paso que vamos, aquí cada día va a haber menos leche”. Con el sistema ideado por los Castro, cada vez hay menos de todo. Esa es la auténtica naturaleza del embargo interno. La falta de estímulo e interés de los agentes económicos para producir, invertir y ahorrar. Entonces, cabe preguntarse por qué. La respuesta es bien conocida, pero este artículo del sector lechero en Camagüey nos ofrece dos claves.

Primero, no existe el menor incentivo por cumplir las exigencias de calidad por parte de los productores, porque los mecanismos que se utilizan por la empresa provincial, entiendo que el monopolio de la distribución, carecen de estímulos reales. Las muestras de leche que se sacan del tanque suponen el pago de un precio promedio. Por supuesto que es injusto. Eso va en contra de los incentivos de los productores.

La cuestión es por qué el monopolio de la leche paga esos precios medios a los productores, y se desinteresa por recompensar la calidad. Aquí está el problema. El monopolio no tiene el menor interés en atender las necesidades de los clientes. Les importa un bledo que la gente quiera consumir leche de diferentes calidades y tipos. Les importa incluso un bledo que la leche llegue a los mercados de consumo. La indolencia de la distribución mayorista en Cuba es un ejemplo del desastre económico de la llamada revolución. Aquí en el caso de la leche, vemos que el centro de acopìo no paga a los ganaderos por la calidad porque simplemente no tiene el menor incentivo para hacerlo. Lo único que les interesa es cumplir unas órdenes del partido político provincial y quedar bien con los burócratas ideólogos del sistema que, obviamente, no funciona en la realidad. Y así, 55 años.

Si la distribución obtuviera rentabilidad por la vía competitiva, ofreciendo sus productos a los clientes, escuchando sus necesidades reales y diseñando productos para atenderlas, si en vez de vivir del presupuesto del estado, el mercado, la oferta y demanda, regulasen esas relaciones, los lecheros de Camagüey verían recompensados sus esfuerzos por mejorar la calidad, y los consumidores cubanos podrían elegir con libertad.

Pero a ver ¿quién tiene el menor interés en la Dirección Provincial de la Agricultura de mejorar las cosas?. Ahí los problemas son de otra índole. Y bien lo saben los cubanos, de qué manera han sufrido escasez y racionamiento por el deficiente funcionamiento de un sistema que no atiende a las reglas del mercado y los precios.

Al monopolio provincial lácteo le importa muy poco que hayan ganaderos cumplidores, o que se desmotiven y dejen de entregar la leche para “desviarla” a otros destinos, como la elaboración de queso o de yogurt, que en ocasiones se comercializa de forma ilegal. No les importa. El aparato represor del régimen está precisamente para eso, para obligar a cumplir lo estipulado y eliminar cualquier salida que pueda aportar aire fresco al sistema. En el régimen instaurado por la revolución es más importante obedecer, cumplir y ajustarse a lo establecido, por muy irreal e irracional que sea, antes de cualquier comportamiento que pueda suponer una vía alternativa. Y lo cierto es que en la economía, como otros muchos campos de la vida, las cosas se pueden hacer de muchas formas, y casi siempre, mejor.

El otro gran problema denunciado en el artículo de Granma es cómo poner freno al decrecimiento lechero. En Camagüey se observa, desde el 2012 hasta el presente, un descenso sostenido en la producción lechera y su venta a la industria, caída que se manifiesta igualmente en el sector cooperativo-campesino, responsable de alrededor del 74 % del aporte territorial.

También hay solución para este problema y no está precisamente en "el alistamiento gradual de las más de 8 700 unidades (incluidas vaquerías típicas y rústicas) con que cuenta el territorio, con el propósito de fortalecer la cadena de desarrollo de la masa e incrementar los volúmenes productivos”. Nada de alistamientos, ni organizaciones seudomilitares. Si de verdad quieren cambiar el curso de este sector, que fomenten los derechos de propiedad de la tierra para que los ganaderos puedan decidir el tamaño de sus tierras, la organización de las mismas, qué producir y en qué cantidades, y hacerlo libremente. 

La planificación central no ha funcionado. Las entregas de tierras en enfiteusis han sido un fracaso, con los campos infestos de marabú. No hay otra vía para transformar la economía cubana y devolverla a su esplendor anterior a 1959 que la recuperación del marco jurídico de derechos de propiedad y el mercado como instrumento de asignación de recursos. Las soluciones intermedias no van a dar resultado. Aquí se ha visto un buen ejemplo de ello.

25 de marzo de 2015

La Revolución transformó el campo... para mal

Elías Amor Bravo, economista

Por supuesto que la revolución transformó el campo. Claro que sí, pero para destruirlo. Parece mentira que Machado Ventura se permita decir que “el mejor trabajo político ideológico a realizar con los jóvenes campesinos, es esclarecer mediante ejemplos locales que los mayores cambios sociales realizados por la Revolución se aprecian, a pesar de problemas por resolver, en el sector rural”.

Esta declaración se ha realizado en el marco del proceso de Asambleas provinciales de la ANAP, en Holguín, Granma y Ciego de Ávila. Los eternos debates castristas sobre las dificultades que frenan la producción de alimentos y el adecuado funcionamiento del sector agrario, y de la que se hace eco el diario oficial Granma en su edición de hoy.

Desde que la revolución comenzó su programa “transformador”, el sector agrario cubano, otrora competitivo, eficaz y solvente, entró en una profunda crisis estructural de la que no ha levantado cabeza en más de medio siglo. Ese argumento falaz del “guajiro olvidado” que utiliza Machado Ventura, ya no se puede creer, y ni mucho menos que la revolución permitiera su emancipación, porque el balance final es ciertamente desastroso.

El régimen castrista siempre ha aplicado el “cuento de la lechera” en toda su política agraria, y lo sigue haciendo todavía. Es curioso que Machado Ventura hable del “uso de la ciencia y la técnica en los campos y las labores fitosanitarias encaminadas a combatir plagas y enfermedades que afectan a los cultivos, actividades que deberían ser impulsadas una vez que la tierra sea productiva y se mejoren los rendimientos de las distintas producciones”. Precisamente, que esas actividades sigan siendo ejecutadas por la burocracia y el Ministerio de la Agricultura, y no por empresarios privados dueños de sus tierras, es uno de los factores que explica la crisis estructural del sistema. Pero es que antes de todo eso, hay que producir, hay que sacar cosechas adelante y hay que ser rentables. Y eso, la revolución ni lo ha conseguido, ni lo hará.

Pienso que la ANAP podría ser, si quisiera, el líder de un impulso real a las transformaciones de la agricultura cubana para sacarla del marasmo. La sostenibilidad económica y el buen funcionamiento integral de las cooperativas confirmando en otros países, podría ser una magnífica referencia para la agricultura cubana si los intereses ideológicos del partido único fueran eliminados de la dirección de estas organizaciones, centrándolas realmente en aquello que saben hacer.

Pero no. Machado Ventura habla de la ciencia y la técnica o los fitosanitarios y los “veladores del ganado” para evitar el hurto y sacrificio, actividades sin duda muy importantes que no hacen otra cosa que dar oxígeno al aparato de represión del régimen.

Hacen bien los miembros de la ANAP al plantear la necesidad de aprovechar la experiencia de los mejores productores y que cada comunidad campesina sea el reflejo del desarrollo agropecuario y el bienestar de los cooperativistas, tanto en lo económico como en lo social y lo productivo. Esa es una magnífica estrategia, que debe conducir a que las cooperativas puedan convertirse en el centro de la “dinámica comunitaria en el campo, funcional y atractiva para todos sus miembros, además de consolidar como resorte fundamental de la organización de las producciones agropecuarias”.

Para ello, las cooperativas deben permitir al campesino disponer de los servicios básicos que, sin excesiva burocracia, beneficien su actividad en favor de la eficiencia, la productividad y los ingresos personales. Este es un planteamiento acertado frente a las tesis intervencionistas y colectivistas de Machado Ventura, hablando del “acopio refrigerado de la leche, un lugar al que acuden todos los días los productores”, “y que pudieran aprovecharse mejor como espacios para brindar servicios específicos de la ganadería, asociados al control pe­cuario, la sanidad animal, la venta de algunos insumos; métodos compatibles con la dispersión actual del ganado y que aliviarían de engorrosos trámites al campesino”. Alejado completamente de la realidad, lo mismo que la revolución que todavía defiende.

La ANAP reivindica, en cambio, otros objetivos ajenos a este planteamiento de mediados del siglo pasado que aún mora en la mente de muchos revolucionarios, por edad o inexperiencia. Así, planteó por ejemplo, promover como directivos a cuadros jóvenes, —incluidas más mujeres—, para aprovechar de un modo óptimo el ímpetu creativo de sus ideas frescas, la laboriosidad que por naturaleza los caracteriza, y la preparación técnica con que muchos de ellos salen de las escuelas e institutos agropecuarios. Ese rejuvenecimiento del campo es fundamental y puede suponer una vía de solución para el atraso secular de la agricultura mejorando sus rendimientos y resultados. Para ello, se hace necesario reorganizar el marco de derechos de propiedad y permitir la incorporación de las técnicas de gestión empresarial privada en la agricultura. No es eso lo que plantea Machado Ventura.

13 de marzo de 2015

Cuba: planificación o mercado

Elías Amor Bravo, economista

Sin duda, hay momentos en la historia que nos obligan a reflexionar sobre el sentido de los hechos, lo acaecido en el pasado y, sobre todo, lo que puede ocurrir en el futuro. Viene a cuento en relación con el discurso de Marino Murillo, destacado dirigente del Buró Político del Partido Comunista de Cuba y vicepresidente del Consejo de Ministros, en la gala por los 55 años del Primer Plan de la Economía en Cuba, donde dijo, y cito textualmente, que “la planificación en el nuevo modelo económico cubano ha de tener en cuenta el mercado, pues sería un error actuar a espalda de este”.

Y ahora, justo en este momento, nos damos cuenta de la dura realidad. Nada más y nada menos, que en referencia al Lineamiento número uno, en el que se señala de forma explícita que “el sistema de planificación socialista continuará siendo la vía principal para la dirección de la economía nacional, sin obviar el papel del mercado”. Difícil es desplazarse por el filo de la navaja, cuando pesa la herencia de más de medio siglo de fracasos continuos en el modelo económico. Fracasos que otros han dejado atrás hace tiempo, como chinos o vietnamistas, y que, en cambio, por desgracia, hay quiénes se empeñan en volver a cometer, como Venezuela.

El alegato de Murillo es muy importante. No conviene olvidar que en 1959, la llamada “revolución” implantó un giro de 180º en el modelo económico de la República, transformando las estructuras económicas y la geopolítica, en función de unos criterios ideológicos importados del estalinismo más recalciltrante. Fruto de aquel modelo confiscatorio, el capital privado del país fue destruido en muy poco tiempo, y miles de cubanos vieron como el fruto de su trabajo y sacrificio de décadas pasaba a mejor vida, en este caso, a manos de una burocracia política sometida al control de la cúpula castrista. Lo que vino después es bien conocido, y no vale la pena dedicar ni un solo instante. Nunca podrán reparar el daño cometido a personas y bienes.

La cuestión es si estamos realmente ante una sincera rectificación. Murillo dijo que las relaciones de oferta y demanda no son antagónicas con el actuar de la planificación en el país, sino que responden al "desarrollo de las fuerzas productivas y a la necesidad de una integración con la economía internacional”. Yo diría más. La oferta y demanda empujan, mediante señales claras de los precios, al equilibrio de los mercados, sin que se necesite planificación alguna ni mucho menos reformulación de modelos pasados de moda. La planificación económica indicativa debe encontrar su sitio en el marco de las relaciones de propiedad que suponen un respeto jurídico para las rentas y capitales conseguidos por los agentes privados. Los gobiernos no pueden ni deben intervenir de manera absoluta en las economías, sino ejercer una función discrecional de regulación y control. Cualquier manual de primer curso de economía puede dar suficiente información a Murillo sobre cómo se debe actuar.

No coincido con Murillo cuando afirma que el modelo necesita regirse sobre bases más científicas, para proporcionar los ritmos de crecimientos necesarios para el desarrollo de la nación, ni tampoco puedo estar de acuerdo con él en que la empresa estatal, debe ser considerada el referente en los planes a los nuevos actores económicos, mediante el diseño de políticas monetarias, crediticias, fiscales y otras por los órganos rectores. Lo que tiene que averiguar Murillo, y en eso poca ayuda podrá recibir de los que le rodean, es qué porcentaje quiere de la economía para el estado y qué porcentaje para la iniciativa privada, y decidir esta cuestión cuanto antes. No puede ser que ocho años después de adoptadas las primeras medidas de los Lineamientos, todavía haya en Cuba alrededor de medio millón de cuenta propistas, y más de 5 millones, el 90% de la fuerza laboral del país, trabajando para el estado.

Me da algún temor lo que dice, “estamos obligados a hacer una planificación diferente, capaz de diseñar el desarrollo futuro de nuestro país, hay que actuar con inteligencia y creatividad”. Si lo consigue, le deseo los mayores éxitos en esa empresa. No será fácil. Pasar del intervencionismo estalinista, que es poco inteligente y creativo, a un modelo de planificación dirigido a estabilizar la economía, puede suponer mucho más que un cambio cultural y, sobre todo, recomiendo que se olvide de perder el tiempo diseñando horizontes de 30 años vista que, a la larga, terminan por no cumplirse, y a los que, además, dan unos nombres incomprensibles, algo así como “proyección multidireccional y que abarca disímiles aspectos, incluidos los referentes al bienestar de la población”.

Conclusión. Ni una cosa ni la otra. Dejar atrás la pesada herencia de la planificación estalinista puede resultar muy difícil. Otros han tenido éxito, pero Murillo no tiene clara cuál debe ser la vía a elegir. Mientras tanto, la economía sigue inmersa en un marasmo de improductividad e ineficacia donde, mira por dónde, son los emprendedores privados y los que se establecen por cuenta propia, los que están empujando con fuerza.