30 de julio de 2015

Análisis de la política fiscal en la economía castrista

Elías Amor Bravo
La CEPAL acaba de publicar el Estudio Económico de América Latina y el Caribe, con el subtítulo “Desafíos para impulsar el ciclo de inversión con miras a reactivar el crecimiento”, en el que se recoge, como viene siendo habitual, un análisis del comportamiento de la economía castrista al que vamos a dedicar atención.

Lo primero que llama la atención es el nuevo retroceso que experimenta el crecimiento del PIB, que de un 2,7% en 2013, cae hasta un 1,3% en 2014. Es evidente, a la vista de este resultado, que el balance de las medidas adoptadas en los llamados “Lineamientos” no consigue acertar ni dar el impulso necesario a la demanda interna, las exportaciones o las inversiones. Por ello, cuesta creer que, por mucho que cambie el nuevo marco de las relaciones con Estados Unidos, se vaya a alcanzar el 4% de crecimiento “planeado” para 2015. Ciertamente, la economía castrista necesita mucho más que una “operación de imagen y propaganda” para superar su atraso estructural y la esencia de su embargo interno, que es el lastre que impide a las fuerzas productivas de la sociedad mejorar su funcionamiento.

En una economía en la que el estado es el único propietario de la mayor parte de los activos existentes, incluso de la fuerza laboral, y donde la riqueza generada se canaliza principalmente hacia sus prioridades, la política fiscal cobra una relevancia fundamental, por cuanto supone un instrumento clave para promover el crecimiento económico. En este trabajo se va a prestar atención a esta cuestión en lo que presenta el Informe de CEPAL.

La gestión de la política fiscal en la economía castrista es muy deficiente y, además, se encuentra mal diseñada. En vez de procurar un ahorro de recursos para mejorar la eficiencia, el régimen apuesta por la expansión del gasto público y el aumento del déficit, que una vez más, se vuelve a “disparar” en 2015, hasta un 6,2% frente a solo un 4,1% en 2014. El aumento continuo del déficit público supone un crecimiento del endeudamiento que, a su vez, requiere financiación externa.

En 2015, las autoridades han programado un aumento del gasto público del 10% muy superior al planeado para la economía, del 4%, en tanto que los ingresos, lo harán en un 6%. Esa expansión de las actividades estatales sobre la economía es un mensaje claro a las reformas que pretenden abrir espacios para los cuenta propistas, de los que el diseño presupuestario y fiscal, simplemente desconfía.

Además, la política fiscal expansiva en la economía castrista es altamente peligrosa, ya que se suele financiar con emisión de moneda la brecha entre gastos e ingresos, en los últimos años se recurre en mayor medida, a emisiones primarias y secundarias, lo que aumenta el papel en circulación, reduciendo el precio de los bonos y el potencial interés de los inversores en los mismos, al margen de la obligatoriedad que se impone a los agentes financieros que operan en la Isla para la adquisición de esos títulos.

Una parte importante del gasto público expansivo se dirige a sostener el aparato productivo en manos del estado, como la agricultura azucarera y las actividades presupuestadas. También se destinan notables recursos a financiar las diferencias de precios internacionales para mantener los precios subsidiados. En definitiva, déficit corriente que deja muy poco sitio para las inversiones en infraestructuras, que continúan alcanzando los porcentajes sobre el PIB más bajos del mundo, menos del 9%.

CEPAL destaca que “la maraña de deficiencias organizativas y la insuficiente base legislativa” están en el origen del pésimo comportamiento de las inversiones, y apunta a que la entrada en vigor de una nueva reglamentación, puede llevar a alguna mejora de la “eficiencia, racionalidad e integralidad de las inversiones”. El problema, como hemos destacado en otros trabajos, no es la norma, sino el marco jurídico de derechos de propiedad, que excluye a los cubanos de la tenencia y explotación de la riqueza nacional, toda en manos del estado. Mientras no se supere este anacronismo ideológico del régimen castrista, poco se puede hacer.

23 de julio de 2015

Prudencia, mucha prudencia

Elías Amor Bravo, economista

La expectación abierta con el retorno a una normalidad diplomática entre Estados Unidos y el régimen castrista ha generado ríos de tinta que muestran a empresas, despachos legales, corporaciones y todo tipo de entidades interesadas en comenzar a operar en la Isla, asumiendo que están ante un gran mercado, un promisorio y suculento mercado, cuyo crecimiento, desde niveles muy bajos, augura décadas de fuertes ganancias.

El espejismo castrista puede dar lugar a un tropezón con la dura realidad y un despertar amargo para quiénes se lanzan a una piscina en la que no existe agua, o la que hay está emponzoñada, y además, nadie ha asumido la función de mejorar la calidad del agua y ni siquiera llenarla para facilitar las condiciones de la natación.

Varias son las cuestiones que están en la responsabilidad del régimen castrista, y que hasta la fecha, siguen inamovibles, como si fuera posible mantenerse en el tiempo sin cambios, a pesar del interés del resto del mundo por facilitar una evolución, digamos, racional.

Primero, esa absurda obsesión con el entramado institucional y político de la llamada “revolución”, lo que entraña un modelo de persecución, acoso, represión y castigo a los disidentes y opositores que no aceptan la imposición del modelo de ideología única existente en la Isla. Es difícil entender a los grandes empresarios compartiendo el tipo de enunciados, discursos y propaganda que se destila en la oficialidad militar y de la seguridad del estado castrista, donde el análisis y la interpretación de la realidad nada tiene que ver con lo que se hace en otros países del mundo.

Segundo, es mucho lo que se tiene que hacer en materia legal y administrativa. Las normas de funcionamiento del régimen, por mucho que se abra al capital internacional con una ley de inversiones extranjeras, no se corresponde con los esquemas existentes en otras economías, lo que entraña un problema legal de interpretación de las decisiones económicas, más aun cuando la necesaria independencia de los tribunales no está garantizada por la división de poderes o una constitución que sigue consagrando la propiedad de los medios de producción en manos del estado y la dirección centralizada de la economía. Recuerdos de un pasado estalinista remoto que sólo se encuentra en paraísos como Corea del Norte o Yemen, pero que en Cuba parece trasnochado.

Tercero, una corriente de opinión pública ansiosa de salir al exterior, de contactar con la realidad existente en otros países del mundo, ante la falta de oportunidades en la Isla, y vías para el desarrollo de una existencia razonable. El deseo de abandonar el país puede generar réditos a corto plazo, en la forma de mayores remesas para los que se quedan en la Isla, pero a largo plazo puede suponer una descapitalización de la población y un círculo vicioso del que se tardará años, décadas en salir.

Cuarto, para un macroeconomista convencional, la economía castrista se encuentra alejada de los necesarios equilibrios interno y externo. Ni se controla el déficit público, pese a estar toda la economía bajo control del estado, ni se mantiene el respeto a la restricción del exterior, lo que agiganta la deuda externa y la hace insostenible. Muchas empresas que iniciaron sus actividades en la Isla durante el período especial tuvieron que poner fin a las mismas ante las dificultades para la repatriación de beneficios. Estas cuestiones siguen sin estar resueltas, porque la economía castrista no es competitiva y necesita más recursos de los que produce para poder afrontar sus pagos en el exterior. Malos presagios, sin ayuda de organismos internacionales como el FMI; al que los Castro detestan.

Quinto, la propia orientación política del régimen. Los Castro ya no representan solución alguna de futuro. Ellos lo saben, pero se resisten a dejar el poder. La dirección política del país es más incierta en la actualidad que nunca antes en el pasado. Cualquier final es posible para un régimen que toca a su fin. En tales condiciones, la seguridad que se necesita para que una economía funcione en condiciones adecuadas, no parece garantizada, por muy violento que sea el uso de la fuerza policial y de la represión, o los comités de defensa de la revolución (que ya deberían desaparecer) acentúen sus tareas de delación y escarnio.

Malos presagios para la marea de entusiasmo de las empresas internacionales españolas, italianas, francesas e incluso de Estados Unidos. No se dan las condiciones adecuadas en la Isla para tener tanta alegría. Luego vendrá el arrepentimiento. De momento, la prudencia, mucha prudencia, es el mejor consejo.


12 de julio de 2015

¿Quién puede hacer turismo en Cuba?

Elías Amor Bravo, economista


Un ejemplo más de la falta de respeto del régimen castrista por los cubanos es el turismo.

Cierto es que, por vez primera en años, las cifras del sector están mostrando una mejor evolución en los primeros meses de 2015. Es incuestionable. El eventual restablecimiento de relaciones con EEUU o la eliminación del régimen castrista de la lista de países que cooperan con el terrorismo, son señales poderosas sobre los viajeros internacionales que, en general, pueden haber supuesto la pérdida de parte del temor asociado a disfrutar de vacaciones en la Isla caribeña.

Descontado este efecto, que se traduce en titulares mediáticos que sirven a la prensa oficial para atraer la atención de los turistas internacionales, cabe preguntarse qué opciones quedan para el pueblo cubano. Sí, estoy pensando ahora mismo en los 5 millones de cubanos que reciben un sueldo medio inferior a 20 euros, y que contemplan esa oferta turística para extranjeros como un universo prohibido alejado de la miseria y el racionamiento cotidiano.

Porque si bien es cierto que, en buena medida, el régimen ha suprimido los obstáculos legales y penales que recaían sobre los cubanos para disfrutar de las infraestructuras al servicio del turismo internacional, subsisten barreras, tal vez insalvables, en los precios que se tienen que pagar por el disfrute de estos servicios, completamente alejados de la realidad cotidiana de los cubanos.

Comer en un paladar o en un restaurante de los que se abren al amparo de las reformas raulistas, disfrutar de un fin de semana en un resort de Puerto Pesquero o María la Gorda, viajar en un pequeño yate por los cayos para practicar la pesca deportiva del marlín, disfrutar de un fin de semana en alguno de los hoteles de Varadero o La Habana, alquilar un automóvil para viajar por la isla sin rumbo fijo,…. Son actividades vedadas para los cubanos, que permanecen impasibles observando cómo los turistas procedentes de Canadá, Italia, Francia o España, hacen uso de sus tarjetas de crédito para disfrutar de esas maravillas de la isla grande.

Sinceramente, esta no es una apuesta correcta del régimen con el turismo y en algún momento, podrá estallar. Los expertos internacionales sostienen que los países que han transitado con éxito hacia modelos turísticos sostenibles, de calidad y capaces de atraer millones de extranjeros año tras año, no excluyen, sino todo lo contrario, facilitan el acceso de los nacionales a ese sector. Es el caso de España, país en que los 65 millones de turistas que lo visitan cada año se consolidan junto a un importante mercado nacional que no renuncia a sus vacaciones, destinando un gasto medio por estancia, incluso superior al de los extranjeros. Incluso en los años más difíciles de la reciente crisis económica, los españoles no han renunciado a su descanso y han mantenido su poder de compra “turístico” a costa de otras partidas de la cesta de consumo.

La lección que cabe extraer es que no es bueno practicar el “appartheid” social con el turismo. Con el tiempo acaba siendo una fuente de agravio, que lastra y elimina las opciones más atractivas para el sector. Sin embargo, el régimen castrista no ha pensado en ello, ni tiene la menor idea al respecto. Contento con ir divulgando todos los meses unos datos de turismo internacional que, previsiblemente irán en aumento porque parten realmente de niveles muy bajos, no se han dado cuenta que abandonar a los cubanos al campismo popular o a los alojamientos de bajo precio existentes en zonas menos favorecidas, no hacen otra cosa que limitar el crecimiento del turismo en su conjunto.

Y la realidad es mucho más simple de lo que se piensa, si se practica la racionalidad económica. Los precios que se pagan en el sector turístico de la Isla se corresponden con los niveles internacionales, y no con los que podrían establecerse del libre juego de oferta y demanda en la Isla. Con salarios de 20 euros al mes, los costes de prestación de los servicios turísticos (que son intensivos en trabajo) tienen que ser claramente inferiores a los que se producen en otros países del Caribe. Sin embargo, no es así. El pack turístico vacacional en Cuba en los catálogos de las agencias de viajes europeas establece unos precios similares a los de Dominicana, Barbados, Puerto Rico o Caribe Mexicano, entre otros. ¿A qué obedece ese desajuste de precios con costes? Recuerdo que durante el período especial y algunos años después, los turistas españoles que viajaban a Cuba se encontraban a la salida de los hoteles con “guías” no oficiales que les proporcionaban referencias de paladares en La Habana donde podían comer o cenar, de forma espléndida auténtica comida cubana, por precios claramente inferiores a los que tenían los hoteles, donde se les servía un catering internacional ajeno a la realidad gastronómica de Cuba. El régimen hizo desaparecer a estos “guías” en poco tiempo, penalizando sus actividades. La pregunta es ¿Por qué unos pueden operar a precios muy bajos y otros no?


Al final subsiste un problema no menos grave. Los cinco millones de cubanos que siguen cobrando del estado castrista reciben sus remuneraciones en CUP, y cuando trasladan a CUC su poder adquisitivo, se encuentran con una dura realidad, que necesitan 24 CUP para conseguir un solo CUC. La dualidad monetaria, que se mantiene artificialmente en el tiempo, es otro castigo para los cubanos que observan cómo con su moneda tradicional apenas pueden acceder a comprar unos productos escasos, subvencionados por el régimen y que aparecen y desaparecen sin más, mientras que con CUC se puede conseguir prácticamente de todo. Si eso no es desigualdad social, que venga alguien y lo explique.